
Desde 1933, es tradición evaluar los primeros días de un gobierno. Roosevelt inició la costumbre
DE LOS PRIMEROS 100 DIAS. 76 años después, Barack Obama, joven presidente de color, descendiente de africano, educado en países musulmanes, cumple cien días en la Casa Blanca esforzándose por superar la crisis económica más dura desde 1929, instaurar un nuevo modelo económico basado en las energías alternativas, ahorro e inversión, levantar la moral de los estadounidenses, relanzar la política exterior fortaleciendo alianzas con los amigos y promoviendo una comunicación pacifica con los adversarios.
El gobierno de Obama empuja a Estados Unidos en una dirección diferente. El presidente número 44 ha planteado un sentido de urgencia, propósito y relevancia no visto en Washington desde el 11-S.
Ha ordenado el cierre de Guantánamo y la retirada del grueso de tropas del Pentágono en Irak; presta la atención que merece el frente de Afganistán-Pakistán; barrió con la cúpula directiva de General Motors y ha frenado a la banca regulando los intereses de las tarjetas de crédito; tiende la mano al mundo musulmán; intenta aliviar tensiones con Cuba; se acerca a Latinoamérica liderada por Chávez y Lula; y ha llevado su espectáculo de cambio en gira por Canadá, Europa, Turquía e Iberoamérica.
Los primeros cien días de Obama han estado plagados de intentos por la lucha contra el cambio climático, se han puesto en marcha gigantescas misiones de reforma sanitaria y educativa.
La publicación de los documentos oficiales, mantenidos en secreto, que daban cobertura a las torturas durante el gobierno anterior ha dado lugar a una polémica sobre si es necesario actuar judicialmente contra los responsables de esas prácticas. Obama es contrario a procesar a los agentes que realizaron los interrogatorios dentro de lo que entonces ellos creían que era la legalidad, aunque ha dejado la puerta abierta a investigar a los arquitectos de esa legalidad, es decir, a los altos funcionarios de la Administración saliente; entre ellos, George Bush y Dick Cheney.
Estas medidas muestran que los cambios en la Casa Blanca no se limitan a una decoración mas moderna, personal joven o una profusión de Blackberries por los pasillos del Ala Oeste. Sin embargo, no cantemos victoria. Si bien es cierto que el presidente norteamericano derrocha energía, sabiduría e inspira confianza, estos primeros cien días fueron la parte fácil.
El trabajo de verdad está por hacerse. Una característica negativa del presidente Obama es que aplaza las decisiones delicadas o polémicas. Por ejemplo, el presidente ordena cerrar Guantánamo; sin embargo la parte difícil va a ser planear dónde poner a los presos que siguen allí. (Sólo Venezuela y Francia han accedido a aceptar algunos.)
Aprobar un plan de intercambio de emisiones para reducir los gases de efecto invernadero, teniendo en cuenta los riesgos económicos y las divisiones regionales, hará palidecer la reforma sanitaria.
Cosechar aplausos en Europa o Sudáfrica es fácil entre el clima de alivio después de los años Bush. El truco está en calibrar el rumbo adecuado después de los primeros gestos.
Proclamar la posibilidad de un mundo sin armas nucleares es un paso importante. No obstante, lo difícil será dar el primer paso por sus implicaciones estratégicas de seguridad nacional.
Hablar del respeto a la soberanía de las naciones y de una nueva era en la política exterior estadounidense es una cosa; dejar la hegemonía para construir un mundo multipolar, donde EU sea importante pero no la pieza fundamental, otra.
Los cien días de Obama pueden calificarse de buenos, pero no para celebrar. El cambio prometido queda por concretar. Obama parece caminar en esa dirección. Dar el primer paso no es llegar a la meta.
Ojalá que Obama sea el último presidente del imperio. Falta mucho para llegar allí.
Los primeros cien días de Obama se pueden resumir en una frase de Bolívar: “Si falta algo, nos falta todo.”